Los seis ojos están fijos mirando a la cámara, muy
conscientes de la foto. Al fondo, las paredes de un salón de un piso de cierta
altura, a juzgar por la vista que ofrece la puerta que da a un balcón. Es invierno. A la izquierda, ella, esboza una
sonrisa que es más nítida en sus ojos que en sus labios. Sobre ella, se apoya
una niña de unos 4 años, su hija, también con una sonrisa de una belleza
particular. Da la sensación de que esa sonrisa se va a convertir en carcajada
segundos después, probablemente debido a algún comentario de quien está haciendo
la foto.
Las tres personas
están sentadas a la mesa. Han acabado de comer y falta por tomar el café, un pastel y una
botella de cava. Hay motivo de celebración, que se adivina al observar la forma
del pastel, y el pequeño muñeco representando a Cupido que hay sobre él: San
Valentín.
Es domingo. Ella se ha puesto un vestido de invierno, quizá
mientras tarareaba inconscientemente alguna canción romántica de los ochenta
repetida más de lo habitual en la radio durante los últimos días. Su rostro
irradia felicidad, a pesar de saber que habrá de pasar algún momento triste
antes de acabar el día. Está entre personas que quiere y que la quieren,
delante y detrás de la cámara y eso es más grande que todo lo demás.
La mejilla de la pequeña roza la de su madre, quedando los
ojos y los flequillos de ambas a la
misma altura y dejando más que patente que son madre e hija, hija y madre. No
se ven las manos, pero todo indica que, bajo la mesa, ella está cogiendo suavemente
las manos de su hija.
Al fondo, al otro lado de la niña, está él, con una camisa de cuadros, con rostro
visiblemente cansado. Sus ojos anuncian la necesidad de unas gafas que no
tardarán en llegar y sus ojeras la falta de sueño. No hace ni tres meses que la
conoce, pero lo que siente ya es muy grande y es consciente de lo que tiene.
Piensa que la vida le ha hecho un gran regalo y que celebrar San Valentín al
lado de esa mujer es lo mejor que le puede pasar.
En esa casa, con esas personas que apenas acaba de conocer,
se siente a gusto, muy a gusto.
Por la noche, irá con ella a un concierto, que tiene mucho
que ver con la canción que tarareaba ella a la hora de ponerse el vestido. Sin
embargo, antes de que llegue la noche, su tarde será como una metáfora de
tantas otras tardes que vendrán en el futuro: coger el coche, volver a casa,
niños, despedida, y volver a coger el coche para llegar pronto al lugar del
concierto.
Los seis ojos siguen mirando a la cámara, sin saber lo que
les deparará el futuro y sin percatarse de que Cupido, desde el roscón, estaba
haciendo el mejor de sus trabajos…