martes, 23 de septiembre de 2014

Fotografía

Los seis ojos están fijos mirando a la cámara, muy conscientes de la foto. Al fondo, las paredes de un salón de un piso de cierta altura, a juzgar por la vista que ofrece la puerta que da a un balcón.  Es invierno. A la izquierda, ella, esboza una sonrisa que es más nítida en sus ojos que en sus labios. Sobre ella, se apoya una niña de unos 4 años, su hija, también con una sonrisa de una belleza particular. Da la sensación de que esa sonrisa se va a convertir en carcajada segundos después, probablemente debido a algún comentario de quien está haciendo la foto.

Las tres personas están sentadas a la mesa. Han acabado de comer  y falta por tomar el café, un pastel y una botella de cava. Hay motivo de celebración, que se adivina al observar la forma del pastel, y el pequeño muñeco representando a Cupido que hay sobre él: San Valentín.

Es domingo. Ella se ha puesto un vestido de invierno, quizá mientras tarareaba inconscientemente alguna canción romántica de los ochenta repetida más de lo habitual en la radio durante los últimos días. Su rostro irradia felicidad, a pesar de saber que habrá de pasar algún momento triste antes de acabar el día. Está entre personas que quiere y que la quieren, delante y detrás de la cámara y eso es más grande que todo lo demás.

La mejilla de la pequeña roza la de su madre, quedando los ojos  y los flequillos de ambas a la misma altura y dejando más que patente que son madre e hija, hija y madre. No se ven las manos, pero todo indica que, bajo la mesa, ella está cogiendo suavemente las manos de su hija.

Al fondo, al otro lado de la niña, está él, con una camisa de cuadros, con rostro visiblemente cansado. Sus ojos anuncian la necesidad de unas gafas que no tardarán en llegar y sus ojeras la falta de sueño. No hace ni tres meses que la conoce, pero lo que siente ya es muy grande y es consciente de lo que tiene. Piensa que la vida le ha hecho un gran regalo y que celebrar San Valentín al lado de esa mujer es lo mejor que le puede pasar.
En esa casa, con esas personas que apenas acaba de conocer, se siente a gusto, muy a gusto.
Por la noche, irá con ella a un concierto, que tiene mucho que ver con la canción que tarareaba ella a la hora de ponerse el vestido. Sin embargo, antes de que llegue la noche, su tarde será como una metáfora de tantas otras tardes que vendrán en el futuro: coger el coche, volver a casa, niños, despedida, y volver a coger el coche para llegar pronto al lugar del concierto.

Los seis ojos siguen mirando a la cámara, sin saber lo que les deparará el futuro y sin percatarse de que Cupido, desde el roscón, estaba haciendo el mejor de sus trabajos…