Volví a aquel rincón durante varios días seguidos, para ver si podía ver de nuevo a aquel misterioso hombre. Pero no apareció hasta el domingo. Durante la semana, su hueco en aquel banco era tan significativo como la indiferencia de los patos a la comida que yo les llevaba cada día. Mi visita a aquel parque se había convertido en una extraña aventura, y el rincón de los bancos que rodeaban aquella fuente era como un lugar mágico donde se diría que el espíritu de aquel artista hacía cosquillas en los corazones de sus visitantes.
Aquel domingo no llegó solo. Le cogía del brazo una señora, algo más joven que él y de una belleza extraordinaria. Pasaron por delante de mi banco, él me saludo con un tímido "buenos días", ella me miró esbozando una sonrisa y se fueron a sentar al siguiente banco que estaba situado a mi derecha. Su conversación era muy tranquila, pero al mismo tiempo animada, a juzgar por sus gestos y algunas leves carcajadas que podía oír desde mi banco. Ella llevaba un bolso grande, del que sacó una cerveza que se bebieron a medias. Luego, la conversación se convirtió en susurros, algunos besos y finalmente en un largo silencio contemplando la estatua de aquel artista.
Lo que ocurrió en aquel banco habría pasado desapercibido para cualquier visitante de aquel parque. Sin embargo aquella pareja me tenía absolutamente hipnotizado...