Dos semanas después volví a aquel parque. Era un domingo de otoño. Iba acompañado de mi mujer, (de la cual el hombre del banco había adivinado que yo estaba profundamente enamorado) y de su hija. Íbamos los tres en bicicleta y tras pararnos a ver los patos, nos dirigimos a la plaza del artista. Yo me sentía el hombre más feliz del mundo. Compartir una mañana de otoño con ella subido en las bicis en medio de aquel magnífico parque era para mi un regalo venido del cielo.
Fue inevitable. Al llegar a la plaza del artista, empecé a pensar en el hombre del banco y su pareja. No estaban allí. Las escasas conversaciones que había tenido con aquel hombre me habían tocado el corazón, sin una razón aparente. Y el último día que lo vi junto a su pareja sentí una mezcla de admiración y ternura, ya que ambos desprendían el aroma de un amor sin edad, de una complicidad sin máscaras.
- ¿En qué piensas? me preguntó mi amada al verme ensimismado mirando la estatua del artista...
Nos habíamos sentado en el banco. La niña seguía dando vueltas a la plaza con la bici.
Empecé a explicarle mi encuentro con el hombre del banco y con su señora, pero cuando apenas había pronunciado dos frases, ella posó su dedo índice sobre mis labios para que no siguiera.
Me callé. Ella entonces me susurró al oído: "No van a venir, cielo. Ellos fueron nosotros. Y nosotros seremos ellos..."
Un par de lágrimas corrieron furtivamente por cada una de mis mejillas. Cuando fui a secármelas, me desperté. Las lágrimas eran tan reales como el sueño que acababa de tener y como la suavidad de la piel de la mujer que dormía a mi lado. La abracé, la besé y recé para que aquel sueño fuera la historia de nuestra vida...