Ese hombre no imaginaba que aquella tarde era el principio del resto de su vida. No imaginaba que algo de valor infinito iba a acontecerle, entre un té con leche y unos pinchos de tortilla. Sí, en ese orden. Era una tarde de invierno y hacía frío. Fue lo primero que notó en la cara de aquella mujer cuando entró en la cafetería: viitalidad, energía y frío. Y un perfume que no lo dejó indiferente.
Él ya había terminado su té con leche, y ella se sentó en la mesa, donde además, había otras personas que también la esperaban. Dijo que acababa de salir de trabajar. A los pocos segundos, su forma de hablar, sus gestos, su rostro y su cabello corrían ya por la sangre de aquel hombre, el mismo que hasta hacía un minuto, estaba taciturno y un tanto aburrido.
Él no imaginaba aquella tarde que luego hablarían de sus cosas, que encontrarían puntos en común y que el interés mutuo iría creciendo. Ese hombre no imaginaba que aquella mujer se convertiría, en los días posteriores, en su único pensamiento, y menos todavía que ese único pensamiento se instalaría en su corazón indefinidamente.
No lo imaginaba, porque nadie puede imaginar que los sueños se hagan realidad, sobre todo porque es difícil imaginar algo que no se sabe que existe.
No imaginaba que el corazón de aquella mujer estaría un día en el suyo, que sus labios rozarían los suyos, que sus respiraciones se acompasarían, que aquellas piernas que vio aquella tarde, rodearían su cintura.
No imaginaba ser capaz de amar como lo hace, ni de ser amado como lo es.
Han pasado ya dos años desde aquella tarde. Y todavía, ese hombre se maravilla de lo que le ocurrió, todavía hay mañanas en las que se pellizca para comprobar que todo lo que está viviendo al lado de esa mujer no es un sueño y que aquella tarde le trajo lo mejor de su vida...