Llegadas estas fechas, me gusta recorrer, lentamente, como dice esta bachata, el tiempo pasado a tu lado. Me deslizo sobre nuestros días, meses, años, siempre en silencio, con los ojos cerrados. Dejo que el corazón haga su trabajo, y él es el que traspasa a mi mente cada uno de los recuerdos. Brotan de forma perfecta, sin prisa pero sin pausa.
En ese camino, solo aparecen los momentos del corazón, del amor, de la sonrisa, de la pasión, nuestros momentos. De repente, emerge siempre algún recuerdo, aunque no siempre es el mismo, que parece querer pasar a cámara lenta, comienza a llenarse de detalles, a cobrar vida propia, como si el corazón quisiera recrearse en lo ya vivido, hasta que deja de ser recuerdo para convertirse en deseo.
Entonces, una lágrima de felicidad me avisa de todos los momentos que nos quedan por vivir, que serán igualmente recordados. Mi pecho se expande como si no hubiera espacio suficiente para contener mis sentimientos, me lleno de esperanza, de una alegría serena. Alargo mi brazo izquierdo hasta dar con tu espalda, a veces con tu pelo. Te mueves un poco, para hacerme saber que estás ahí. Y me duermo con la seguridad de saber que soy el hombre más afortunado del mundo.