Esta noche he sentido tanto tu presencia que hasta un escalofrío me ha recorrido toda la columna en esta calurosa noche de julio, mientras miraba las estrellas desde la terraza. Me gusta sentirte en la distancia, porque te siento tan cerca como cuando te abrazo cada mañana, cada noche. Tengo un recuerdo de tus manos sobre mi espalda dentro del mar. Era la primera vez que nos bañábamos juntos en el mar. Cuando sentí aquella caricia, cerré los ojos, me volví y te besé. Hoy, tras el escalofrío, he cerrado los ojos pero al abrirlos no te he podido besar y la sensación se ha convertido en necesidad.
Necesidad de ti, de tu presencia, de tu sonrisa, de tus cosas, de tu piel, de compartir contigo un fin de semana de playa, una tarde de piscina, una copa de vino, una cena de salmón.
Siempre he estado convencido de que vivo para ti y por ti, porque así me lo dice el corazón. Y estos días, no es que me faltes, es que sin ti dejo de ser yo. Pero, afortunadamente, sé que no estoy sin ti, que estoy contigo y tú estás conmigo. Y algo mágico ocurre cuando Osiris maulla delante de nuestra cama, porque mi respiración se acompasa a la suya, y mientras nos miramos a los ojos, descubro que los dos maullamos por ti...