Amor mío,
Creo en ti y creo en nosotros cada vez que tus ojos se cruzan con los míos, cada vez que mis dedos recorren tu espalda en un rito donde se da el gran milagro de unir tu corazón y mi cuerpo, tu cuerpo y mi corazón.
Eres mi tierra prometida cada vez que me amas, cada vez que te conviertes en ofrenda infinita, en maná de mi corazón.
No existe para mí nada más grande en lo que creer, pues eres el origen de lo más bello, la causa de mi felicidad, la razón de que un atardecer en la playa del norte sea el más sabroso manjar entre los recuerdos más bellos.
Me sobran iglesias, gompas, mezquitas. Adiós a las prácticas meditativas, a las oraciones, a las velas a los santos si tú estás a mi lado, pues tú conviertes cada noche el agua en vino, tú consigues que me levante a pesar del cansancio diario, tú multiplicas mis panes y mis peces dentro de mi corazón. Tu cabello al viento es la mejor bandera de oración, el olor de tu piel el mejor incienso. Tu voz reúne el sonido de todas las campanas, el brillo de tus ojos la luz de todas la velas; tu palabra es mi biblia, tus actos mi catecismo, tu cuerpo mi templo. Tú, sencillamente, eres mi milagro.