I
Érase una vez un árbol, que crecía junto a otros de su especie en un bosque. En este árbol vivían dos grupos de orugas. El primer grupo se había establecido hace ya tiempo en la parte baja del árbol, a pocos centímetros del suelo, mientras que el segundo había preferido el recodo de la primera rama gruesa. Tan sólo unos cuarenta centímetros separaban a unas orugas de las otras. Y precisamente justo en la mitad de ese espacio del tronco, había brotado una joven y solitaria hojita, a modo de frontera (o tal vez de puente) entre las dos pequeñas comunidades de orugas...
II
La vida transcurría tranquila. La hoja ya era una gran hoja. Como todas las de aquel árbol, era de un verde intenso por su cara superior y amarilla por debajo, de tal manera que cada grupo de orugas tenía una visión diferente. Mientras que las orugas de la rama veían una hoja verde que brillaba cuando le daba el sol, las orugas de abajo veían también una hoja amarilla que les hacía de parasol en los días calurosos de verano...
III
Las orugas de abajo nunca sobrepasaban el árbol más allá de la hoja y las orugas de arriba hacían lo propio, no yendo más abajo de la hoja. Pero había una gran diferencia. Mientras las orugas de abajo no podían imaginar el color verde de la parte superior de la hoja, puesto que nunca habían visto una hoja desde arriba, las orugas de la rama sí que imaginaban que aquella hoja era amarilla en su parte inferior, puesto que podían ver el resto de las hojas que estaban por encima de ellas, y todas eran amarillas desde abajo.
Todas las orugas respetaban los límites establecidos involuntariamente por aquella hoja. ¿Todas? Pues no. Linda, era una pequeña pero intrépida oruguita que se permitía pasear alegremente por todo el tronco de aquel árbol, viajando de un grupo a otro de orugas con gran facilidad...
IV
Una tarde de primavera, Linda había pasado una estupendo rato con las orugas de arriba. Para descansar se acercó a la hoja y entonces le dijo:
-Hojita, yo sé que tienes un secreto.
- No se a qué te refieres, le contestó.
- Yo he visto casi todas las hojas de este árbol, y tu color verde es el más bonito y brillante de todas ellas. Además, tu piel es firme pero al mismo tiempo suave. ¿A qué se debe?
-Muchas gracias, Linda. No lo sé. No hago nada especial. Lo único que sé es que tú me das mucho cariño y eso siempre hace bien. Y te diré algo más. También hay otra bella oruga, que vive arriba, que me visita con frecuencia. Me mima, me acaricia, me saca todo el brillo que ves, me aparta los molestos pulgones que aparecen de vez en cuando y cuando hace falta, me vuelve un poco del revés para que no vea cosas que me puedan disgustar. Cuando está ella sobre mí, el tiempo se detiene y siento como toda mi nervadura está más viva que nunca. Cuando no está, noto que algo me falta.
- Entonces, ¿es cómo si estuvieras enamorada de esa oruga?
- Llámalo como tú quieras, Linda.
Continuará...