Son mis tres medicamentos.
De noche, un paseo en bici, a la luz de la luna y de las farolas de la ciudad. De sus reflejos en el río. Con el aire en la cara. Dueño de las calles como un gato callejero. De vez en cuando una pequeña lágrima, a veces de felicidad, otras de tristeza, se sale de su caudal para secarse inmediatamente por la velocidad.
En otros momentos, es la escritura. Casi siempre en teclado, aunque muy a menudo lo que llega a la pantalla ha pasado por un borrador en cuaderno de papel. Soy de fácil torrente verbal cuando me pongo a escribir, lo que provoca a veces, que esa falta de contención me haga poner cosas no muy reflexivas y de las que termino arrepintiéndome. Pero hasta eso viene bien. Escribir cualquier barbaridad en un momento dado sería el equivalente de romper un cristal con el puño. Otras veces, las palabras son más sensibles, más del sentimiento. Y entonces, cuando pongo el punto final -que siempre termina siendo un punto y seguido- es como si el corazón recuperara su ritmo.
Menos veces es la guitarra. Simplemente porque no siempre es posible. Pero un domingo por la mañana punteando algunas viejas canciones, o canturreando para mí solo mientras rasco las cuerdas es también momento de bálsamo para el alma.
No sé, pero dejar de hacer una de estas tres cosas sería como una pequeña mutilación de mi ser...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.