Una de las pequeñas cosas que contribuyen a sentirse mejor, es ofrecer en lugar de pedir. En el fondo, ofrecer, ofrecerse a los demás, pensar más en los demás que en uno mismo es también cierta forma de egoísmo, puesto que la actitud final es sentirse mejor con uno mismo. Pero puestos a ser egoístas, siempre es mejor si a la vez alguien se beneficia de nuestra ofrenda.
La sensación de entregarse, de darse por completo, de ofrecer el propio tiempo disponible (sea mucho o poco), de regalar a granel el cariño y el amor, de poner el cuerpo y el alma a la disposición de alguien es algo que hay que vivirlo para saberlo.
Soltar el último hilo que te une a todo aquello que te pueda impedir la entrega, tirarse al vacío sabiendo del riesgo que no se abra el paracaídas, demoler el muro que bloquea los sentimientos, romper la armadura que se ha ido pegando a la piel a lo largo de los años y quedarse desnudo para ofrecerse en el más puro estado de autenticidad. Esto es lo que forma parte de la vida, mientras que lo contrario es pasar por la vida sin vivirla, de puntillas, como con miedo.
Ofrecerse, ofrecer, darse, regalarse por amor, por deseo o por puro egoísmo. Una actitud pasada de moda, en un mundo que no para de pedir, de esperar, de exigir, de desearlo todo y más...
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