Te deseo felicidad. Así, en singular. La auténtica. La que hace tocar el cielo o rozar el fondo marino.
Te deseo esa felicidad que existe en el corazón, pero también en los sentidos: en el calor de una caricia, en la sombra de una palmera, en la gota del gazpacho al contacto con tus labios, en tus caderas a ritmo de merengue, en el reflejo turquesa que aumenta tus pupilas.
Quiero que seas feliz a mi lado, porque cada año que paso contigo, la mía también se acrecenta.
Eres mi ikigai, mi amor, mi tesoro, mi cielo, mi isla desierta, mi avión a destinos lejanos. No existe la felicidad fuera de ti. Tú eres la frontera de la felicidad que hace que la vida comience y termine en ti.
Por eso, te deseo felicidad. Y que la vivas conmigo.