Está en el mar. En aguas cálidas. Bucea. Yo la miro, desde el borde de la playa, sentado bajo un parasol. Es la imagen de la felicidad, de la frescura, de la ternura, de la belleza. Cuando la belleza se junta a la felicidad se convierte en fascinación. La amo y la deseo. Pienso que es un momento único. Y pienso que vendrán otros momentos. Momentos muy diferentes, menos luminosos, en los que la amaré y desearé igualmente, o quizá más y mejor, porque es la mujer de mi vida, de toda mi vida. De todos los momentos.
Sale del agua, con el pelo enredado y con una sonrisa que es la llave de mi corazón. Se acerca y me besa. Se sacude el pelo, se sienta a mi lado y me pide que le acerque una caipiriña. El sol brilla y calienta con la fuerza justa. Ni débil ni sofocante. Siento en mi corazón el amor en su estado físico sin dejar de pensar que ese amor estará en todos los momentos.
Poco después, atardece y paseamos. Vemos el sol ponerse tras las palmeras. Y poco después, la luna emerge de un mar que ha sido creado solo para ella. Le brillan los ojos y la luna brilla en el mar. Pienso si acaso estamos ante un espejo de brillos. Su piel morena es todo mi mundo, todo mi mar. La amo y la deseo. Se lo digo. Es otro momento único, de los que se graban a fuego en el corazón. Y la idea de que vendrán otros momentos menos dulces me persigue y vuelvo a pensar que siempre será la mujer de todos mis momentos.
Ya es de noche. Ponemos en el móvil unas bachatas. Las bailamos descalzos sobre la suave y blanca arena. Nos amamos y pienso que ese momento iluminará mi corazón para encender todos los momentos de nuestra vida.