jueves, 3 de diciembre de 2020

Diez años...



No son diez años, es su vida entera. No la imaginan de otra manera. Siempre cerca, ensamblando sus labios, sus pieles, sus pensamientos, sus tristezas y sus ilusiones.

Todo comenzó como un gato mirando a la luna, como la luna iluminándolo con su sonrisa, como una atracción propia de los fenómenos naturales. Tranquila y apasionada al mismo tiempo. Segura y sincera. Fuerte y suave. Tan suave que se deslizaba por sus venas hasta llenar sus corazones, tan fuerte que no la podían retener. Ambos supieron que eran el uno para el otro, y todo lo que tenía que venir tras ese diciembre no demasiado frío, era un futuro incierto pero ilusionante.

Diez años más tarde, cuando se miran a los ojos, y ven el camino recorrido, los mares bañados, los paisajes admirados, el amor entregado, las lágrimas compartidas, los deseos cumplidos y los que quedan por cumplir, se reconocen más que nunca en aquel gato y en aquella luna. Y con el sabor de vino en sus labios y una kizomba de fondo, se besan, bailan, se aman, mientras un gato pardo se acurruca a su lado, y otro, naranja, los observa atentamente como único testigo de ese gran amor.