Lo que ocurrió aquella noche fue un milagro. No existe otra explicación. Algo estaba de nuestra parte, porque estar los dos en aquel momento y en aquel lugar era algo absolutamente inesperado. Yo no imaginaba que existías, y tú decidiste acudir allí.Y se produjo el milagro: milagro fue tu viva conversación, tu sonrisa en los ojos, tu cercanía y tu distancia, tan inconscientemente calibradas, que eran todo un misterio. Y es que el misterio es el mundo de los milagros. Aquellos momentos venían del mundo de lo único, de lo irrepetible. Aún viviendo mil vidas, no se podría volver a ocurrir lo que aquella noche ocurrió.
Y este milagro crece día tras día, se fortalece con el tiempo, cuando me preguntas cómo estoy al verme cansado, cuando te acuestas buscando mis brazos, cuando sonríes en la puerta de casa mientras espero el ascensor. No hay nada más bello que mimar un milagro y me encanta hacerlo a tu lado: recordarlo con frecuencia, quitarle las hojas feas, regarlo con cariño, darle el calor que necesita, salpicarlo de alegría, alimentarlo con caricias, tratarlo como lo más sagrado, celebrarlo cada año, cada mes, cada día, cada segundo porque nada hay más importante que nuestro milagro....