La miraste a sus ojos. Ella buscaron los míos. Y se produjo el milagro. Desde ese momento mágico, ya nada es como antes. Me has permitido conocerla como nunca la había conocido. He visto el brillo de sus ojos de una forma diferente, fuera de los míos y a la vez dentro de mi corazón. Tu presencia ya no es solo una presencia, es la sensación de que has completado el hogar, de haber puesto el eneldo en la ensalada, el caramelo en el flan, la canela en el café.
Siempre supe que llegarías, pero nunca imaginé ni cómo ni cuándo. Te esperaba sin conocerte, te deseaba sin imaginar lo que nos ibas a dar, ni saber donde aparecerías. Eras lo que faltaba. Tu ausencia no hacía ruido pero, una vez que has llegado, tus pasos, tus juegos, tu mirada, tus llamadas son, en cierto modo, como la auténtica alma del hogar, como un fuego de chimenea perpetuo, que al llegar a casa calienta el corazón con su mirada. El alma del hogar que siempre está ahí, silenciosa, mimosa, tranquila o agitada, pero siempre pendiente de todo lo que no importa, como para recordarnos lo que los demás, a veces, olvidamos.
Me gusta verte en sus brazos, acurrucada al lado de su cadera, retozando por sus tobillos en la cocina, siguiendo la pelota que te lanza. Cuando estás con ella y ella contigo, es como si mi corazón olfateara un trocito del paraíso. Y me pregunto, todavía asombrado, que he hecho en la vida para merecer su corazón, para merecer tu ronrón...