Pensar en ese día en que tu sonrisa fue eterna, en unas flores rojas, en ese beso que no acaba, en tu cuerpo ofrecido en una noche de bodas, en un vermuth en la ciudad de los amantes, en una navidad tan diferente al resto de las navidades, en el vuelo deseado tanto tiempo, en el té matutino que no es un desayuno, en los demás tés que han sorprendido a nuestros sentidos, en las largas caminatas cogidos de la mano, en la brisa de un mar lejano sobre tu rostro, en los rincones descubiertos, en los gatos en tus brazos, en las gaviotas volando hacia tus manos, en el calor de una bañera tras un día de auténtico invierno, en la nieve inesperada bajo tus pies descalzos, en las risas compartidas, en tu comprensión ante mis reacciones de hombre enamorado, en los rayos de sol en la terraza, en el momento en el que te pintas las uñas, en ese rincón del salón, convertido en altar donde nuestros corazones cenan amor y ternura, en todos los detalles que surgen de tu alma, en cada vela encendida como si fuera, al mismo tiempo, la primera y la última, en este nuevo hogar que cada vez lo es más, y sobre todo, pensar en el momento en que tu piel se une a la mía, en el que mis manos se pasean por tu espalda mientras siento tu mejilla sobre mi pecho.
Pensar en todo esto es alimentar el corazón, es vivir lo importante, es colocar la vida en su centro, es entender que el resto de pensamientos son solo eso... el resto.