Querida: recuerda que él es tu maestro, tu amo, tu señor. Te
ama tanto que quiere, no lo bueno, sino lo mejor para ti. Nunca hará nada que
te pueda hacer daño, y aunque a veces deba corregir tu conducta o tus errores
en el ejercicio al que te entregues, siempre te va a tratar con el cariño que
mereces. Tu señor te ama con locura. No
lo temas, pero respétalo mucho. Cuando oses mirarle a los ojos, hazlo en silencio y con los labios entreabiertos para demostrarle tu devoción al
mismo tiempo que tu disponibilidad. El espera de ti una obediencia sincera y que
ejecutes pausadamente pero con firmeza todas y cada una de sus órdenes. Si así
lo haces verás recompensada tu actitud con creces. Tu señor ya ha visto que conoces
bien las reglas y quiere que al mismo tiempo disfrutes de sus enseñanzas. Entrégate
a él, abandónate, sé suya sin olvidar que es el amo de tu cuerpo, de tu mente y
de tu corazón. Y que el placer de su compañía, de sus enseñanzas y de su
disciplina sea para ti tan grande como lo será para él el placer de poder sacar lo mejor
de ti en cada momento.