Me he sentado al lado de él, en un banco del parque. La tarde amenazaba lluvia. Era un hombre maduro, tranquilo, sereno, de barba blanca y rostro afable. No parecía tener prisa.
No me ha mirado cuando me he sentado. Su mirada parecía fija en el infinito, pero tampoco estaba absorto. Una niña de apenas cinco años correteaba con una bicicleta dando vueltas a una fuente dedicada a un artista local. Le he preguntado si era su nieta, y lo ha negado con un movimiento tímido de su cabeza. No me he atrevido a seguir preguntando. Al poco, ha sido él quien se ha dirigido a mí: ¿estás enamorado, verdad?