I
Martín era un vendedor ambulante. Cada jueves, montaba pausadamente su puesto en la plaza del pueblo y el miércoles y el domingo lo hacía en la ciudad. El resto de los días, Martín se ocupaba del género, de visitar a sus proveedores, y de poner a punto su furgoneta. Por supuesto, siempre le quedaba algo de tiempo para cuidar de sus padres, ya bastante ancianos, que también vivían en el pueblo.
Martín era afable y serio al mismo tiempo. No era una persona de confidencias. En el mercado era muy apreciado por el resto de responsables de los puestos, gracias a sus capacidades manuales a la hora del montaje y desmontaje de los mismos: sin embargo, siempre evitaba tener que ir a almorzar junto a los demás y, llegado el momento, prefería quedarse dentro de su furgoneta apurando su bocadillo y su vino...