Es un lugar encantado. La presencia de una bella hada hace de él un lugar especial. Para quien vive allí, no es necesario mirar ninguna foto para saber de quien se trata. Si mira al techo, la luz de esa lámpara se convierte en los brillos de su mirada. En la cama, adivina su aroma en la almohada hasta que se duerme. En la cocina, cada rincón, cada instrumento llevan la marca de sus dedos, el cariño de su corazón.
En el armario, imposible no distinguir sus zapatillas, en la terraza, no olvidar su piel brillando al sol. No hay un centímetro que no esté impregnado por su belleza, por su amor. Y al llegar al sofá, el rincón guarda en su memoria la marca de su cuerpo acurrucado, tranquilo, sereno, ofrecido. Y su habitante mira a las estrellas y a la luna para implorarles que esa hada nunca abandone esa morada, nunca deje su corazón.