jueves, 26 de abril de 2012

Escena

Un bullicio de niños recién salidos del colegio llena la primera tarde soleada de la primavera. En la plaza, los más pequeños están en los columpios, otros juegan a la pelota y un grupo de niñas salta a la comba.
Ella está sentada en un banco, cerca de ese grupo de niñas. Lee un libro electrónico, lo que no le impide estar pendiente de todo lo que acontece entre las niñas, puesto que una de ellas es su hija.

Lleva gafas de sol y mantiene las piernas cruzadas. De vez en cuando esboza media sonrisa, por el lado izquierdo, quizá producto de su lectura. Su hija se acerca para pedirle algo. Después de atenderla,  apaga el libro. No parece tener prisa. Estarán en la plaza hasta que la niña se canse porque sabe que son tardes sin reloj...

El acude a la plaza. Sabe que ellas están allí. A unos veinte metros, ya ve a la niña y acto seguido a su madre, que sigue sentada en ese banco. Se para y la contempla. De repente, para él, todo el bullicio de la plaza se amortigua y desenfoca, como si se tratara de un vídeo que comienza a pasar a cámara lenta. Sólo ella es el centro de su mirada. Se detiene en el brillo del sol en su pelo, en el corte de su mentón, en sus labios, en sus largos dedos que sostienen un bocadillo. Aprecia el compás y la tranquilidad de sus movimientos. Para él, ella es la mujer más hermosa e interesante, no de toda la plaza, sino de todo el mundo. A veinte metros de distancia, siente que la ama con locura, y no se explica todavía cómo puede ser tan afortunado de tenerla en su vida. No lo entiende ni quiere entenderlo. Es así y eso es suficiente. Una lágrima de felicidad hace un amago de escapar de su ojo derecho, pero un dedo se lo impide. Sigue mirándola, hasta que el griterío de los niños, poco a poco vuelve a hacerse presente en la escena y ella sigue sentada. Entonces, él completa los veinte metros hasta el banco, le da un beso, y se sienta a su lado...