La oruga que siempre estaba en la hoja se llamaba Satine y era una oruga muy especial. Amaba profundamente a Linda, más que a nada en el mundo. Le gustaba amasar algunos insectos y mezclarlos con esencias de las hojas y luego los masticaba para dárselos a Linda. Su mayor ilusión era encontrarla por el árbol y dar paseos juntas por su tronco, o bien, de vez en cuando, quedarse a descansar en la hoja en la que tanto le gustaba estar.
En aquella excursión que Linda propuso a Satine, aprendieron muchas cosas juntas. Vieron desde la copa del árbol las copas de otros muchos árboles, vieron todos los ramilletes de hojas de ese magnolio y apreciaron el olor de las flores blancas que brotaban del mismo. Abajo, donde vivía la hoja, no se veían todas esas cosas.También conocieron a otras orugas de otra especie diferente, a un insecto palo y varias libélulas que volaban de un magnolio a otro. Linda estaba entusiasmada de haber podido compartir con Satine tantas cosas, tantos amigos, tantos descubrimientos, tanto cariño... Satine, por su parte, no podía reprimir las lágrimas, a veces de alegría, otras de preocupación. Sólo deseaba poder repetir días como ese muchas más veces con Linda...
Al acabar el día, decidieron bajar a la hoja, a su hoja y contarle todo lo que habían visto.La hoja se puso muy contenta de volver a verlas, las acogió y las meció hasta que se quedaron profundamente dormidas. Decidió no contarles, al menos de momento, cómo había pasado ella aquel día...