Durante la última semana, en cuatro ocasiones, (una conversación de pasillo, otra en la máquina del café y dos llamadas por teléfono) Herminio había sido emplazado para que tomara una decisión que podía significar una promoción importante en su trabajo, acompañada, por supuesto, de un sustancial incremento salarial. También, durante la última semana, alguien le hizo ver, en otra conversación, que de haber elegido otros estudios, su posición económica sería mucho mejor.
Herminio escuchaba y callaba, porque eran todas ellas voces cargadas de razones y de buena voluntad. Sin embargo, su interés andaba muy lejos. Sólo deseaba que pasaran esos días, poder ayudar y querer a la mujer de sus sueños, que últimamente estaba algo nerviosa. Herminio habría cambiado todas esos ofrecimientos por un día de tranquilidad y una noche de buen sueño para ella. Y lamentó que eso no funcionase así.
Ya en la cama, recordó el poema de Machado, que habla del "coro de los grillos que cantan a la luna" y se sosegó al darse cuenta de que todas esas alabanzas recibidas durante la semana no eran más que una propuesta de pacto con el diablo, un caramelo envenenado. Entendió que todo lo que había llegado a sus oídos esa semana no era sino un ruido machacón y tentador, y echó de menos el silencio. No le costó nada conseguirlo, y en cuanto el silencio se hizo dueño de su cerebro, la imagen de su amada, su voz, sus pasos, su pelo y sus labios irrumpieron en sus pensamientos hasta que le venció el sueño...