De repente Herminio miró el calendario y se hizo una pregunta. ¿Cuánto tiempo llevaba así?
Estaba inundado de una gran paz, de una especie de serenidad constante que se alimentaba diariamente desde lo más profundo de su corazón. No se trataba de dejadez o abandono; más bien era una tranquilidad activa, una calma que precisamente le empujaba a actuar y cuidar de aquello que más valoraba en su vida, despreocupándose, a la vez, de todo lo que no merecía la pena.
Al mirar el calendario, comprobó que nunca había estado tanto tiempo seguido en un estado de espíritu tan especial.
Cerró los ojos e intentó repasar, como en una película, los principales momentos de los últimos tres meses. Pero sólo apareció en su mente una única imagen: la de una bella mujer, de ojos rasgados y sonrisa inquieta, que parecía haber nacido de un claro de luna. Unas veces aparecía tumbada en un sofá bajo una manta, otras sentada en el coche a su lado, otras paseando por su ciudad, otras preparando un aperitivo, otras retirándose suavemente con el reverso de su dedo índice una lágrima, otras trabajando, otras patinando o fumando una sisha, otras sentada a su derecha en el cine, otras encendiendo una vela, otras, sencillamente, acurrucada y desnuda contra su pecho, entre sus brazos, después de haber hecho el amor, cuando el mundo se para, cuando el universo se detiene.
Herminio abrió los ojos y sólo pudo hacer lo único que necesitaba hacer. Decirle a esa mujer que la amaba con todo su corazón, con todo su cuerpo...
Estaba inundado de una gran paz, de una especie de serenidad constante que se alimentaba diariamente desde lo más profundo de su corazón. No se trataba de dejadez o abandono; más bien era una tranquilidad activa, una calma que precisamente le empujaba a actuar y cuidar de aquello que más valoraba en su vida, despreocupándose, a la vez, de todo lo que no merecía la pena.
Al mirar el calendario, comprobó que nunca había estado tanto tiempo seguido en un estado de espíritu tan especial.
Cerró los ojos e intentó repasar, como en una película, los principales momentos de los últimos tres meses. Pero sólo apareció en su mente una única imagen: la de una bella mujer, de ojos rasgados y sonrisa inquieta, que parecía haber nacido de un claro de luna. Unas veces aparecía tumbada en un sofá bajo una manta, otras sentada en el coche a su lado, otras paseando por su ciudad, otras preparando un aperitivo, otras retirándose suavemente con el reverso de su dedo índice una lágrima, otras trabajando, otras patinando o fumando una sisha, otras sentada a su derecha en el cine, otras encendiendo una vela, otras, sencillamente, acurrucada y desnuda contra su pecho, entre sus brazos, después de haber hecho el amor, cuando el mundo se para, cuando el universo se detiene.
Herminio abrió los ojos y sólo pudo hacer lo único que necesitaba hacer. Decirle a esa mujer que la amaba con todo su corazón, con todo su cuerpo...
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