Cuando días como el que hoy acaba no me permiten ofrecerme como yo querría, le ofrezco, al menos, mi tiempo, mis minutos, para que ella los aproveche como mejor crea conveniente.
Me ofrezco a ser su hombre, su amigo, su amante, su marido, su secretario, su sirviente, su luz en la oscuridad, su sombra en el verano, su estufa en el frío del invierno...
Me ofrezco a ella entero, sin condiciones, sin esperas, sin miedos, sin ruidos, sin expectativas.
Soy suyo, también en días como el que acaba. Y eso me da sosiego.
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